Todo eso me dejaste

Por Diego García
Reflexión con motivo del incendio que destruyó la capilla Inmaculada Concepción.

Te ausentaste de madrugada. Entre tinieblas bajaste el telón, descolgaste las últimas fotos y antes del alba partiste, mansa, calurosa. Con destellos de magia fuiste perdiéndote entre el humo del escenario, el silencio crujiente de las tablas y el hervor de una copa de vino y sangre que te guardaste en el doblez del vestido de fiesta.
Casi todo te llevaste. Me dejaste el aroma a chocolate fino, la enredadera de alerce y mandioca entretejida minuciosamente con una paciencia que todo lo alcanza, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera.
Me dejaste el relieve geográfico de tu asiento y el aposento firme de mil rezos que tatuaban las rodillas por un rato, mientras tu sentido tomaba cuerpo y la uva fresca chorreaba el jugo consagrado de su pasión.
Me dejaste acolchonado el canto y la cuerda de Mariana retumbando en el techo alto mientras una estrofa dulce miraba de reojo el piso rojo, rústico, grueso.
Me dejaste custodiada el alma y mil nombres tallados en el trigo lacrado, redondo y crocante, ese que sacia el hambre feroz con la que comulgan los débiles, los humildes, los hambrientos.
Me dejaste anudada la vida en el altar de los flashes y atado a la memoria un cóctel de ojales y telas blancas, radiantes con las que desfilaron las mujeres más bellas entre las que distingo a ella y a ella.
Me dejaste la mirada alta, tierna y virgen de esa “dulce muchacha humilde de palestina”, que bailaba al son del badajo antiguo cada vez que la música retumbaba en su espalda.
Me dejaste tu mirada redonda, las ventanas dibujadas y los dos costados anchos que tenían función los Domingos según el cartel anunciaba.
Me dejaste a ellos y los consejos más bellos, esos que guardo en el bolsillo de adentro para no darme el lujo de perderlos mientras vuelvo a mi casa corriendo, triste porque no pude despedirte.
Te sentí mi casa y tal vez por eso me dejaste en el fogón la esperanza y atrás, en la escalera de cuento, la fuerza y la certeza de saber que tu fachada alberga lo que somos.
Allí me subo hoy para ver desde arriba cómo ésos, a quienes hoy albergaste se arremangan la vida para despedirte y los brazos para verte volver.

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